DescubriendoRosario Miércoles, 18 de Mayo de 2022


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Sunderland Bar

La verdadera historia del Sunderland. Por Rafael Ielpi

  Siempre tuve la certeza de que ese espacio -levantado al pie de lo que para entonces eran barrancas que enfrentaban al río- tenía una cronología distinta a la que sostiene la versión más difundida, esa a la podría llamársele la historia oficial del Sunderland, al que algunos se empecinan en dar como nacido en los inicios de los años ’30, bautizada comola década infame.

   Muchas veces pensé dónde residía el encanto (esa palabra hoy devaluada por la posmodernidad pero difícil de reemplazar por otra) de aquella construcción de madera y chapa que conocí sobre los finales de la década del ’50, y que entonces tenía una galería tapizada por una enredadera que quiero creer era una glicina de flores celestes en racimo, y unos sillones de mimbre en los que valía la pena sentarse mientras se tomaba una jarra de cerveza y se trataba de ver sin suerte las aguas marrones del Paraná, ocultas por las construcciones portuarias.

   Ya entonces me acometió la sospecha de que no era cierto que aquel lugar que miraba al río tuviera apenas veinte años de existencia, con su inconfundible aspecto de refugio de recalada de marineros que llegaban del otro lado del Atlántico después de haber atravesado huracanes, tormentas y sufrido, como dijera el gran Drummond de Andrade,hambre y deseo sexual. Y que arribaban al puerto de una ciudad de la que muchos ni siquiera habían oído hablar y a la que ninguno pretendería comparar con Nueva Orleans.

 Eran, estoy seguro, los años iniciales del siglo XX, cuando esa zona estaba, como se dice,en extramuros, más lejos que hoy del centro rosarino pero a un paso de muelles y de lugares acogedores como el Sunderland, que además  de garantizar a los tripulantes que bajaban de los vapores e incluso de alguno de los últimos a barcos a vela, un tranquilizador Exchange of money, les daba también la posibilidad de emborracharse, cantar y pelearse como en todos los reductos similares del mundo donde los marineros del pasado iban en busca justamente de todo eso.

   Agrego otro deseo que los empujaba: el del desfogarse sexualmente después de las largas travesías durante las cuales el único paisaje a la vista día tras día era el mar. Unas viejas habitaciones que sobreviven en altura en los fondo del Sunderland hicieron suponer que el sexo también formaba parte de la oferta que se ofrecía los a sailors. Pero son, como dijera Borges, embelecos fraguados en la Boca. Algunos de aquellos hombres de mar, primera clientela cautiva del lugar, sabían sin embargo que aquella ciudad tenía también un barrio específico para eso, el de Pichincha, donde estaba garantizado el placer, aunque fuera por una horas y rigurosamente pago.

    La anécdota de un Carlitos Gardel comiendo en una de sus mesas es un punto a favor de los que se empeñan en imaginar al Sunderland naciendo en los años iniciales de la década del 30: el Zorzal estaba vivo todavía en esos años, aunque nadie recuerda que también estuvo en Rosario en 1918, cantando en el teatro La Bolsa y comiendo un puchero –sostienen algunos gardelianos- en el Sunderland...

  Eugene O’Neill, antes de ser uno de los grandes dramaturgos de la historia y antes de ganar el Premio Nobel, llegó a Buenos Aires en agosto de 1910, a bordo del velero “Charle Racine”, en el que había embarcado en Boston, huyendo de Kathleen Jenkins, a quien había embarazado y con la que se casó antes de subir por la escalerilla del barco. Dicen algunos de sus biógrafos que en el casi un año de su estadía en la capital argentina, viajó a Rosario y se tomó sus buenas cervezas en el Sunderland, lugar recomendado por sus temporarios amigos del Sailor’s Opera, del Paseo Colón porteño, en cuyas recovas se amontonaban bares de marineros. Comparados con Rosario, los bajos fondos de Buenos Aires hacían que los andurriales de Nueva York parecieran una fiesta parroquial, escribiría siendo ya famoso.

    Otro testimonio asegura que en 1914 el gordo Oliver Hardy, que había bajado de un barco en Buenos Aires para actuar en el Pabellón de las Rosas y el Parque Japonés, también tuvo noticias de aquel bar rosarino y se tomó el tren para conocerlo.  Se lo recuerda chupando y comiendo y sin que nadie le preguntara por Stan Laurel, ya que todavía no se habían encontrado para ser El Gordo y el Flaco. Lo curioso es que Stan también desembarcó en  Buenos Aires un año después, actuando con una compañía de payasos en el Teatro Casino. Allí le hablaron del Sunderland, al que (ni lento ni perezoso) quiso conocer y en una de cuyas mesas se sentó un lunes de 1915, después de un viaje en tren desde Retiro. Mucho más frugal que El Gordo, sólo tomó cinco o seis whiskys y se lo llevaron a la rastra.

   Los cronistas del pasado no dejan de recordar que en la barranca en cuya base se emplazó el Sunderland, arqueólogos urbanos desenterraron no hace muchos años, objetos que hablaban de la vida cotidiana de la ciudad: potes de cremas para la belleza femenina, porrones de cerveza de cerámica, menudos testimonios que hoy se exhiben y admiran a los clientes tanto como las primicias de su menú.

   Todo eso pensaba yo en aquellos años de mis primeras visitas a ese ámbito entrañable, cuando seguía estando medio a trasmano del centro, definido por algunos como un lugar de trampa alejado de miradas aviesas y cuando la historia que muchos juzgan real decía que habían sido dos empeñosos y visionarios inmigrantes españoles, Severino y José María Cal, los que lo fundaron y dieron inicio a una actividad que garantizaba Minutas a todas horas. Esa crónica suponía que Sunderland se llamaba el barco que los trajo desde su país al nuestro, iniciando una épica que lo sostiene aún enhiesto ocho décadas después, cuando los que navegan por el Paraná no son vapores ni goletas sino grandes buques porta-containers y largos convoyes de barcazas, pálida emulación moderna de las jangadas de antaño que bajaban lentamente río abajo-.

    Esa sería finalmente la historia que parece triunfar en el tiempo; la que reinició Claudio Tedeschi en 1988, la del incendio que pareció convertirlo en ceniza de leyenda un año después, la de su larga década de puerta sellada, la de la reapertura triunfal y contemporánea.

    Los fantasmas de viejos marineros, de estibadores y prácticos de río acodados en sus mesas y mostrador; de hombres y mujeres elegantes; de artistas de toda laya; de políticos y de turistas atraídos por ese clima especial de un local poblado de objetos del pasado y delicadezas gastronómicas del presente, siguen poblando el Sunderland. Son los fantasmas a los que afirman haber visto ya en la madrugada clientes tan confiables como Joan Manuel Serrat y mujeres tan bellas como Ana Belén.

   Mientras tanto, a través de los ventanales de vidrio, se sigue viendo fluir un río silencioso convertido también en parte de las dos historias. Ese al que el andaluz Rafael Alberti, viéndolo tan inmenso, le pidiera: Río que sueña ser mar,/ debe ser mar si es su sueño,/ déjame así que hoy te sueñe más pequeño…

 

El Sunderland por Arturo Pérez Reverte.
Los fantasmas del Sunderland.
El Paraná baja sucio el atardecer, arrastrando maleza y fango, y los barcos fondeados proa a la corriente, en mitad del rió, encienden sus primeras luces ante Rosario. Desde mi mesa, junto a la fachada del viejo bar Sunderland – minutas a todas horas, Exchange of Money- miro como desde la orilla y los muelles abandonados suben la cuesta, lentamente, los fantasmas cansados de marineros muertos que nunca abandonaron este lagar. Los cascos oxidados de sus vapores y barcazas se pudren desde hace un siglo en otras aguas o en el fondo del río, entre móviles bajos de arena que ninguna carta señala, y ellos no tienen otra cosa que hacer, otra justificación para seguir existiendo, que venir cada noche al Sunderland, como antaño a beberse esa primera cerveza que tiembla en el vaso, entre sus manos inciertas de malaria, hasta que la tercera o cuarta caña termina por templarle un poco el pulso. En aluna parte suenan un acordeón y un tango, y la voz de un hombre que también esta muerto hace mucho tiempo se lamenta de que el mundo siga andando y de que la boca que era suya ya no lo bese más. Y los marineros, que hablan sin pronunciarlas lejanas lenguas y llevan exóticos tatuajes, beben en silencio junto a sombras de mujeres que sonríen y esperan. Tengo una fotografía del viejo Sunderland a principios de siglo, cuando aun figuraba en la muestra pintada bajo el alero, junto al rotulo del bar-restaurante, el nombre Severino Gal, el español que abrió el primer boliche, casa de comidas y almacén cuando aun se llegaba hasta aquí a caballo y en carreta, por veredas y entre fogatas que los vecinos encendían en atardeceres como este. En la foto están sus amigos con canotiers de paja, chalecos y mangas de camisa blanca, y las mujeres cuyos es pectrós me observan ahora desde la penumbra aparecen en la imagen setenta u ochenta años atrás aun vivos, jóvenes y bellos, cruzada una pierna y la falda sobre el tobillo, con jarras de cerveza en las manos. A Severino Gal le Gustan los amigos, los automóviles y los abrazos; y en las paredes del local, junto a las puertas que en otro tiempo llevaban a los private roon y hoy se abren sobre el vacio de ninguna parte, fotos amarillentas evocan, brazos cruzados y sonrisa irónica, a su fantasma sediento. Un incendio no podía faltar en la historia. En 1989 el Sunderland se quemo por completo, como tienen que suceder en esos extraños rituales, inevitables, de algunos lugares cuya magia consiste en ser fieles a si mismos y a lo que significan. Pero ciertos sueños se niegan a morir, o tal vez es que hay hombres que se niegan a traicionar ciertos sueños. De cualquier modo, en 1992 un argentino italiano y un argentino español lo compraron y reconstruyeron ladrillo a ladrillo. y ahora, en sus mesas de la orilla del río y en el interior, entre el olor a puchero español picada argentina y pasta italiana, vitrinas con antiguos porrones y botellas de la fabrica Pujol y Suñol y botellas de agua mineral Cristal para los demás, el viajero puede acordarse en una barra de estaño que en otro tiempo cobijo a los guapos sonrientes y acuchilladores del barrio Refinerías, pedir un aperitivo Lusera, una ensalada de molleja, un brie o una empanada, y mezclar memoria y presente, amigos, amores y fantasmas entre la música de un piano aporreado por Fito Páez, el aroma del último cigarro que Osvaldo Soriano, fumó antes de morir, o la voz gusanosa y cálida del negro Fontanarrosa, que te cuenta el último partido de Central. Se puede consultar el horario de trenes que hace muchos años dejaron de salir de la Estación Córdoba, o folletos con el día de llegada improbable de barcos que nunca llegaron y que ahora descansan en el fondo de mares lejanos. Se puede recibir como regalo un soldadito de plomo que pelea con espada y daga, pintado minuciosamente por Reinaldo Sietecase, o pararse ante un viejo almanaque en el que uno puede borrar, si se lo propone, el día en que perdió aquel sueño, aquel amor, aquel amigo. Se puede sacar del bolsillo, lenta y solemnemente, plegada en cuatro dobleces, una fotocopia de la partida de nacimiento de Ernesto Guvara de la Serna, nacido aquí, en Rosario, el 14 de junio de 1928. Se puede desplegar esa hoja sobre la mesa, poner junto a la vieja foto del Sunderland, mirar una vez más hacia el río, y brindar con todos los fantasmas que en este atardecer acompañan el silencio.

 

El Sunderland por Roberto Fontanarrosa.
De quesos y otras cosas...
A principios de 1931, el puerto de Rosario no es mismo puerto que hoy conocemos. Es una ensenada barrosa y amplia de donde se levanta un bosque de mástiles y velámenes. Pueden, verse allí, paraos y sampanes llegados de la Malasia, bajeles uruguayos, balandras y mercantes fenicios, galeones, goletas, buques acorazados soviéticos, bergantines portugueses, sombrías falúas esclavistas. En derredor de ellos, asombra, la febril actividad de cientos de barcazas y chalupas, jangadas, canoas que hacen el servicio a Victoria, botes tejidos con juncos de Totóras (traidos a lomo de mula desde el lago Titicaca) y que preanuncian el puerto libre de Bolivia. Cada tanto, entre los oscilantes palos de los embarcaderos, se levanta imponente, el calado majestuoso de alguna fragata, o la augusta sobriedad de los balleneros, como “El Pequod”, que viene de tanto en tanto a Rosario para aprovisionarse de pacú salado, bocado predilecto del capitán Acab. Los espigones de madera trepidan ante el paso de miles de marinos y son una mezcla excitante de aromas exóticos. Huelen a dátiles de Mauritania, mangos, bayas y agua de coco del caribe; especias de colores intensos desalabar. Se venden monos, papagayos, zorrinos, manatíes, algún pingüino. A fines del 31, un marino de la Goleta Corsaria Británica “Sunderland”, es abandonado en tierra por fumar en la santabárbara del barco. Forzado a trabajar, instala, frente mismo de la rada, un puesto de venta de pescado, embutidos, tasajo, copra, scones, torta galesa, ron, ajenjo, leche malteada y té Lipton. 
El precario negocio prospera y, al poco tiempo, es cita obligada de cuanto personaje llega a Rosario.
La noticia corre como reguero de pólvora y, para el año siguiente, el endeble tinglado es ya una taberna agradable y bien cuidada. Desfila, entonces, una cantidad inusitada de grandes figuras. El propio capitán Acab, por ejemplo, cuando se toma un respiro en su fatigosa persecución; Drake, el mismísimo Morgan; el Comandante Espóra; Rosales; El capitán Hatteras; un sobrino de Guillermo Brown; Yañez y Tremal-Naik, e incluso el ya famoso, por entonces, Vito Dumas, quién se hace habitué del lugar, pero fiel a su soledad, no comparte la mesa con nadie.
Son las inmediaciones del siglo y la fama del “Sunderland” ha trascendido, aún fuera del atrevido círculo de navegantes. Llegan escritores, como Joseph Conrad (aún embarcado); músicos, como el Príncipe Kalender y Enrico Caruso (que come ravioles “A la Jorge Lanza”); Xavier Cugat acompañado por Abbie Lane; Deportistas como Charles Menditeguy o Antoine de Saint Exúpery (devoto del surubí al puerro). Registra así mismo su paso el poeta español Guillermo Díaz-Plaja, escribiendo con su propia mano en el libro de visitas ilustres (y tras haber disfrutado de un “fresco y batata”, el postre de la época): “De quesos y otras cosas no excusadas / no quiero daros cuenta / justo pecho de voluntadas que tenéis ganadas / y a vos y a vuestra casa: -buen provecho.” Pasan también Conrad Adenauer, Madame Curie; Marcelo T. de Alvear Regina Pacini (que se conocen allí, como bien lo consigna Ovidio Lagos en su libro “La pasión de un aristócrata”); Primo Carnera, Fausto Coppi, el demonio de las pistas.
El gran Houdini, incluso, protagoniza un suceso muy notorio: se encierra en la bodega, encadenado, prometiendo librarse por sí solo luego de quince minutos. Lo sacan de allí, dos días más tarde con una borrachera escatológica. Llegan, luego, Idi Amin Dadá; Alberto de Vicenzo; Orestes Omar Corbata. 
Leo Belico (que canta “Tú me acostumbraste” acompañado por Ricardo Centurión y su Combo); Ivanna Madruga; un sobrino nieto de Augusto Sandino; el increíble lírico piamontés Claudio Tedeschi; Alvaro García, renombrado bailarín sevillano. Y, en 1989, sucede lo imprevisto: el Príncipe Fabiolo de Bélgica trae en su séquito a Chandú, el gran ilusionista pakistaní. Este deslumbra al público con su prueba de lanzar fuego por la boca (suerte que ya le ha valido la expulsión de su patria) el incendia el recinto.
Parece, entonces, que la leyenda se termina.
Sin embargo, las Naciones Unidas se hacen cargo del reto. Lucho Gatica reúne a un grupo de destacados artistas y, juntos, graban el long play “We are the costumers”, cuya recaudación contribuye a poner de pié al legendario restaurante. A su reapertura concurren entre otros, Acab y señora; el Dalai Lama; Madonna; Joan Manuel Serrat; el Puma Rodriguez; Dominique Sandá; Tinta Turner, Tita Merello; el pelado Yorlano; el empresario italiano Benetton; Tito y Pelusa; y el ex Secretario Legal y Técnico de la Presidencia del Moghreb, sñor Ferhat Huari Bumedián. Eso sí, no se vuelva a invitar al ilusionista Chandú.

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